Locaje Multimediales BORRADOR T.P. 1



T.P. 1 ARTES MULTIMEDIALES

CATEDRA PIROTTA


GRUPO: LOCAJE

INTEGRANTES: Dolores Segovia, Kai Martinez Plinio, A.j.Nicolás Lloveras, Magalí Cejas Ochoa y Cardozo Gill Amelio




OBRA 1: 


M.C. Escher – Serpientes (1969)











OBRA 2: 

Rafael Lozano Hemmer - Descenso de una escalera paramétrica (2018)






OBRA 3:

Biopus (Emiliano Causa y Matías Romero Costas - Los anillos de la serpiente (2019)




                                       Link a la obra

                                       Proceso de la obra



ANALISIS GENERAL:

En estas obras se ve cómo el arte va cambiando: pasa de ser algo que mirás a algo que vivís.
Escher trabaja desde lo visual y lo mental, todo más cerrado. Lozano-Hemmer incluye interacción: necesitás el cuerpo para que la obra funcione. Por otro lado, Biopus va más allá, porque directamente te introduce a la obra.
También cambia la tecnología: Escher es manual, Lozano-Hemmer usa sistemas digitales interactivos, y Biopus mezcla todo con espacio, luz y sonido.
La experiencia evoluciona: primero pensás la obra, después la activás, y al final la habitás.
Hay cosas que se repiten, como el “loop”: en Escher es visual, en Lozano-Hemmer es el movimiento del cuerpo, y en Biopus es el recorrido en el espacio.
Y lo más importante: cambia el rol del espectador. El recorrido de:
Mirar → Interactuar → Ser parte de la obra.

HIPÓTESIS:

Las Artes Multimediales transforman la obra en una experiencia. El espectador deja de ser pasivo y pasa a ser parte activa, porque la obra necesita de su presencia para existir.

CIERRE:

Escher ya pensaba en sistemas sin tecnología.
Lozano-Hemmer los vuelve interactivos.
Biopus los convierte en espacios que se habitan.
El arte deja de mostrarse… y empieza a suceder.

ANÁLISIS CARTOGRÁFICO:

Desde nuestro punto de vista, el mapa conceptual que surge del cruce de las obras analizadas no se organiza como una simple clasificación, sino como una red de relaciones. Esta red se estructura a partir de tres ejes principales: el nivel de interactividad, el tipo de vínculo con el espectador y el grado de espacialidad o inmersión.

A partir de estos ejes, las obras dejan de analizarse de forma aislada y comienzan a situarse dentro de un campo común, donde lo relevante no es únicamente lo que cada una propone, sino las formas en que dialogan, se tensionan y se transforman entre sí. Es en ese entramado donde emerge una línea de transformación que permite leer continuidades, rupturas y desplazamientos entre las prácticas analizadas.

M. C. Escher plantea sistemas visuales cerrados, donde el movimiento, la repetición y la lógica están contenidos dentro de la imagen. La experiencia se da en el plano de la percepción, pero el espectador no interviene: el sistema ya está dado y se presenta como una estructura autónoma.

Por su parte, Rafael Lozano-Hemmer retoma esta noción de sistema, pero la desplaza hacia el campo de lo tecnológico y lo relacional. La obra deja de ser una representación para convertirse en un dispositivo en funcionamiento que reacciona en tiempo real. En este caso, el espectador ya no observa desde afuera, sino que activa y modifica el comportamiento de la obra.

Este pasaje marca una primera transformación:
del sistema representado al sistema en funcionamiento.

En una instancia posterior, Biopus amplía esta lógica hacia una dimensión espacial. Las obras dejan de ser dispositivos puntuales para convertirse en entornos que se recorren y se habitan. La experiencia ya no se limita a la activación, sino que involucra al cuerpo del espectador en un espacio sensible.

Aquí se evidencia una segunda transformación:
de la interacción a la inmersión.

En conjunto, estos desplazamientos permiten trazar una línea evolutiva:
Escher piensa sistemas, Lozano-Hemmer los activa y Biopus los expande al espacio.

PROPUESTA DE OBRA:

A partir de este recorrido, nuestra propuesta se posiciona en el cruce de estas operaciones, como una reorganización de sus lógicas.

Se retoma de Escher la dimensión estructural del sistema, entendida como repetición, secuencia y construcción de una temporalidad continua. De Lozano-Hemmer, la activación vinculada a la presencia, donde la obra se configura en relación con quien la percibe. Y de Biopus, la dimensión espacial y sensible, en la que la experiencia se despliega en el entorno.

El resultado es un dispositivo en el que estas dimensiones se integran, generando una situación abierta. La obra no se presenta como un objeto cerrado, sino como un proceso que se activa en la experiencia, se modifica constantemente y no se repite de la misma manera.


Boceto de dispositivo de percepción: tiempo, repetición y resonancia

EXPERIENCIA DE LA OBRA:

En la instalación —compuesta por una pieza cerámica en rotación, el goteo constante, el sonido y la luz— se articulan distintos niveles de percepción.

Por un lado, se configura un sistema a partir del ritmo, la repetición y la mecánica del movimiento. Por otro, se activa una dimensión corporal, donde el espectador no solo observa, sino que percibe y se ve afectado por lo que ocurre. Finalmente, el espacio se vuelve un componente activo a través de las ondas, la resonancia y la expansión sonora.

Sin embargo, lo central no reside en lo visible de forma directa, sino en aquello que se construye en el límite de la percepción.

La gota, en su caída, no se presenta de manera evidente: se intuye. Es el sonido el que la materializa y la luz la que la sugiere. Ambos elementos funcionan como mediadores que le otorgan presencia a algo que, en sí mismo, tiende a desaparecer.

En este punto, la obra introduce una reflexión sobre el tiempo. La repetición constante del goteo genera una secuencia continua que remite a lo infinito: cada evento es similar al anterior, pero nunca idéntico. Esta lógica produce una experiencia que desestabiliza la percepción lineal del tiempo y la reemplaza por una vivencia más densa y extendida.

ANÁLISIS CRÍTICO Y EMOCIONAL:

En relación con su contexto, la obra propone también una lectura crítica.

Frente a dinámicas contemporáneas marcadas por la velocidad, la saturación y la sobreproducción de estímulos, la instalación introduce un tiempo distinto: más lento, más insistente, más atento a lo mínimo. Elementos aparentemente simples —una gota, un sonido, una vibración— adquieren una intensidad particular al ser sostenidos en el tiempo.

Desde esta perspectiva, la obra puede pensarse como una cartografía de la percepción, donde no se representan territorios físicos, sino estados sensibles. Se trazan relaciones entre cuerpo, tiempo y espacio, habilitando una experiencia que oscila entre lo hipnótico y lo introspectivo.

En este sentido, la propuesta se inscribe en una línea de búsqueda en la que el arte deja de presentarse como objeto y comienza a configurarse como experiencia que requiere del cuerpo.

No se trata únicamente de ver, sino de percibir.
No se trata de observar desde afuera, sino de estar implicado, habitando la obra.

El mapa, entonces, ya no organiza un territorio dado, sino que construye una forma de habitarlo.

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